México, país de cínicos
Opinión
El 1 de septiembre de 1978, el entonces presidente José López Portillo soltó una de sus frases que prevalecieron en la memoria de la picaresca política mexicana: “lo peor que le puede pasar a México es convertirse en un país de cínicos”.
Nuestro país ya sufría décadas de corrupción, pero siempre interpreté que “Jolopo” advertía que lo que no se valía era actuar ostensiblemente fuera de la ley. Había que ser cautos en la transa y convincentes en el discurso; era preciso asegurarse de que nada se supiera abierta y públicamente.
Los priístas lo hicieron, y actuaron contra quien no pudo ocultar vicios y corruptelas: Jorge Díaz Serrano, Joaquín Hernández Galicia, Javier Duarte, César Duarte, Roberto Borge, Mario Marín, Andrés Granier, Tomás Yarrington.
En el PAN hicieron lo propio. Guillermo Padrés y Genaro García Luna pagaron por quienes también delinquieron pero que lo hicieron con suficiente sigilo o franca complicidad de los altos mandos.
Con Morena, la corrupción no sólo no desapareció sino que se multiplicó, aunque la diferencia ha sido que un López (Obrador) hizo cumplir la premisa de otro (Portillo): estableció el cinismo como práctica común, diaria y corriente.
Es tanta la necesidad de justificar la supuesta pureza del movimiento mal llamado Cuarta Transformación, que la consigna de los últimos años ha sido negarlo todo. Justificar desde la incompetencia para cumplir las más elementales normas administrativas de la función pública, hasta las más descaradas prácticas de peculado, abuso de confianza, enriquecimiento ilícito, tráfico de influencias, simulación y un largo etcétera.
El cinismo obradorista empieza con la mentira descarada y termina con recursos ya choteados como “estamos investigando” o “si tienen pruebas preséntenlas”. Vaya, se atreven a decir que la diferencia de ahora con el pasado es que ahora se presentan denuncias y que es la Fiscalía (supuestamente autónoma pero completamente genuflexa al poder) la que se encargará de todo lo demás, eufemismo de que los casos se guardarán en el cajón de la impunidad.
Pero hay todavía una red protectora posterior: una Suprema Corte formada por payasos ignorantes que privilegian consignas políticas por encima de las leyes y de la mismísima Constitución. Ministros que simplemente obedecerán.
El último botón de muestra nos lo regala alguien que sabía muy bien cuidar las formas y que hace unos días se convirtió en cínico confeso, al aceptar públicamente que su hijo vivió de a gratis durante medio año en la sede de la embajada de México en Londres.
A confesión de parte, relevo de pruebas, pero sin consecuencias legales, con la presidenta Sheinbaum detrás de un Marcelo Ebrard que ahora alegará presiones políticas de parte de quienes exijan que sea castigado por el delito que reconoció haber cometido.
Sí: fue priísta, pero hoy es una figura estelar de este gobierno, que una vez más hará como que no pasa nada. Porque lo principal seguirá siendo el amor al pueblo bueno y sabio, que voltea para otro lado a cambio de seguir recibiendo migajas que poco a poco desgranan la mazorca de las finanzas públicas nacionales.
Efectivamente, nos convertimos en un país de cínicos.