¿Qué le cuesta, presidenta?
Opinión
¿Qué le costaba, doctora Claudia Sheinbaum, mencionar por su nombre a la maestra Irma Hernández Cruz, en vez de referirse a “la muerte de esa mujer” y preguntarse “cuál es el contexto” de esa situación, como si quisiera eludir su propia responsabilidad política y moral?
Porque no basta con decir que “es lamentable” que esto ocurra e invisibilizar así una tragedia personal, con deudos dolidos y pobladores agraviados por la renuncia del Estado a cumplir su deber principal, que es procurar la seguridad de la población.
Entiendo que desde su posición no va a contribuir al escándalo y a la psicosis colectiva, pero por lo menos muestre humanidad y generosidad ante lo escandaloso de los crímenes de nuestro día a día. No espero un reconocimiento público de la incompetencia de su gobierno, eso sería ingenuo, pero sí por lo menos algo de empatía con las víctimas asociadas a la delincuencia organizada y a la extorsión.
¿Qué le costaría enmendarle la plana a la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, quien se ufana de que doña Irma murió por un infarto y, por lo tanto, no fue ultimada por los malandros a los que parece defender?
¿Qué le cuesta detener de una vez por todas a la pandilla de gavilleros digitales que Jesús Ramírez y Epigmenio Ibarra lanzan para tratar de justificar lo injustificable?
Presidenta: ¿no le cuesta más mirar al pasado reciente del “prianismo” y al remoto del pre-hispanismo que atender el presente que lacera a millones de mexicanos?
¿Qué le costaba, presidenta, condenar un supuesto feminismo que deplora las desafortunadas declaraciones de un futbolista, pero defiende a otro acusado formalmente de abuso sexual, al mismo tiempo de ignorar miles de casos de violencia de género, que parece no importar en el día a día de la 4T?
¿Qué le cuesta exigirle a Citlali Hernández que su Secretaría de la Mujer atienda estos y otros casos en vez de seguir dedicada a la grilla barata?
¿Por qué darle más importancia a dos estatuas de personajes extranjeros que a miles de vidas mexicanas?
Si el costo de todo ello es aceptar el fracaso de su antecesor y señalar responsabilidad de aquellos a los que él mismo, su hacedor, les impuso en gubernaturas, presidencias municipales, senadurías, diputaciones y otros muchos cargos públicos, me parece muy barato.
Porque caro, muy caro es seguir repitiendo que “no habrá impunidad”, que “se está investigando”, que “no hay pruebas” o que “no hay que caer en linchamientos mediáticos”. Esos dichos caen cada vez más en el terreno de la ignominia y de la irresponsabilidad.
Hágase cargo, presidenta, y con ello rescátese a sí misma. Rescataría también parte del México que se ha ido en seis años y medio.